Corrector de estilo Julián Chappa

8 recomendaciones

Julián  Chappa Julián Chappa
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
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Datos de Corrección de estilo

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Literaria

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Libros de texto

Clientes

···> Canal Fox Sports (Buenos Aires). ···> Editorial Planeta (Buenos Aires). ···> Editorial Eudeba (Buenos Aires). ···> Diario Clarín (Buenos Aires). ···> Editorial Médica Panamericana (Barcelona/Buenos Aires). ···> Estudio Cases i Associats (Barcelona/Buenos Aires). ···> RBA Libros (Barcelona). ···> Integral (Barcelona). ···> Víctor Igual - Servicios Editoriales/Fotocomposición (Barcelona). ···> Océano Grupo Editorial (Barcelona). ···> Luminis · Editora Espírita (Castellón, Valencia, España). ···> Ars XXI Grupo de Comunicación (Barcelona).

Trabajos publicados

···> Diario Clarín (Buenos Aires, 2001-2002).
Corrección ortotipográfica y de estilo de la colección Guías Visuales de la Argentina (que consta de 14 guías de turismo de cada región del país, venta opcional con dicho periódico).

···> Diario Clarín (Buenos Aires, 2001).
Corrección ortotipográfica y de estilo de la Guía Visual de Buenos Aires (edición de lujo, 432 páginas).

···> Editorial Integral: Corrección de estilo de "Desarrolla el líder que hay en ti" y "Las 21 leyes del liderazgo", de John C. Maxwell y "¡Quiero más!", de Cristina Duch Canals.

···> Investigación, recopilación de material y redacción de contenidos para libro de historia de la gastronomía argentina de la colección Sabores del Mundo, editado con compra opcional junto al periódico La Stampa de Turín (Italia).

···> Ateles Editores (Madrid). Corrección, redacción de contratapas y gacetillas de prensa de libro Bellas y Bestias (2002).

···> RBA Libros: "El bosque" (Harlan Coben), "En busca de la felicidad" (Douglas Kennedy) y "Carta a una hija adolescente" (Izabella Little).

···> Blume Naturart: "Viajes a caballo" (Émile Brager) y "Antiguo + Moderno" (Interiorismo/Decoración).

Otros servicios

···> Inglés. Instituto Cambridge de cultura inglesa, buen nivel de lectoescritura.

···> Informática. Básicos de QuarkXpress, InDesign, Adobe Illustrator (entorno Macintosh).

···> Edición. Conocimientos complementarios a lo meramente editorial.

Tarifas

A convenir.

Reseñas

···> Traducción del texto de la reseña bibliográfica del libro "El violonchelista de Sarajevo" de Steven Galloway (El Aleph Editores, octubre 2008):

A modo de explicación

En los últimos quince años, he escuchado o leído sobre la vida real del «violonchelista de Sarajevo», Vedran Smailović, quien tocó su instrumento durante veintidós días en una plaza pública de la ciudad como acto de resistencia contra la guerra y de luto por sus amigos y vecinos. Yo era consciente de la guerra en la antigua Yugoslavia, si bien no sabía sobre ella más que lo que veía a través de la televisión. No estaba allí, por tanto no lo viví en carne propia. Pero la imagen de un hombre sentado en una calle bombardeada tocando el violonchelo caló muy hondo en mí.
En los últimos tiempos, he reflexionado mucho acerca del odio. Tengo la sensación de que mientras la mayoría de nosotros se resiste a decir a quién ama y podríamos rebatir efusivamente cualquier insistencia formal respecto a que podamos amar a algún otro que a ese a quien hemos elegido, estamos muy dispuestos a haber decir a quién odiar. Todas las guerras están asentadas y promovidas sobre este concepto de odio abstracto e institucionalizado. Creo que tan pronto como nos permitimos decidir a quién odiar, perdemos uno de los factores esenciales de nuestra condición humana.
Me gustaría creer que condiciones terribles no necesariamente conducen a acciones de la misma naturaleza. Mientras no hay duda de que la guerra trae consigo mucho horror y brutalidad a la existencia de la población afectada, ello no invalida el hecho de que la gente aún tiene la opción —en esos momentos en los que están más que nunca puestos a prueba— de hacer o no lo correcto. Hace unos cinco o seis años, se convirtió en una obviedad para mí que el sitio de Sarajevo, con la actitud de este violonchelista, fuese un escenario natural para explorar en la ficción las ideas señaladas líneas arriba. Lo que intenté plasmar fue que cada instante de la vida cotidiana —como conseguir agua o cruzar una calle— alberga posibilidades de expresión de humanidad tan importantes como la de un rostro en un campo de batalla.
Leyendo sobre el sitio de Sarajevo encontré poco debate sobre lo que sucedió, que no se reduce a un informe de políticos nacionalistas e intervención occidental. Los serbios dicen esto, los bosnios aquello y las Naciones Unidas lo otro. Pero cuando hablo con los habitantes de Sarajevo que sobrevivieron al sitio, percibo en esa gente poco interés en dichos asuntos, cuando no un gran desprecio. La mayoría de ellos eran apolíticos antes de la guerra, y si tenían una opinión formada, puede que la hayan conservado a través del tiempo. Ellos no pensaban en términos de raza, etnia o religión. No deseaban eso. Tanto que en la novela me abstengo de utilizar los términos «bosnio», «serbio», «musulmán» o «cristiano», palabras con una carga semántica que, una vez pronunciadas, monopolizan la conversación tanto de los campesinos como de los habitantes de las ciudades. Para hablar de lo que deseo no necesito ser más complejo que ellos.
No me resulta relevante comprender por qué el violonchelista hizo lo que hizo. Aún hoy no puedo presumir de haberlo entendido. Lo que personalmente traté de asimilar, y lo que el libro intenta hacer comprender, es qué efecto debería tener sobre la gente que rodea al violonchelista, capacitados para ser inspirados por dicho acto dramático. Y cómo éste hecho tan trascendente, que poca gente tiene la oportunidad de elegir hacer, puede plasmarse en el día a día, cuando cada uno de nosotros optamos respecto a lo que debemos realizar, nos apetezca o no.
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···> Cinco primeros textos publicados en columna mensual titulada "Un argentino en Barcelona", ilustrada por el artista plástico y Director de Arte argentino Andrés Echeveste (www.andresecheveste.com.ar) y publicada entre 2003 y 2005 en periódico "Planeta GAE" (publicado hasta 2005 por Gran Aldea Editores/www.granaldeaeditores.com.ar):


> Argentíberos (6/03)

Ramblas de Barcelona, la primavera perfuma las calles y las caras de la gente, apiñada frente a una estatua viviente que mantiene un equilibrio imposible. Cae una moneda de un euro, de manos de un sueco enorme que se saca una foto con un Che Guevara plateado.
“Che… Guevara, ¿a qué hora te vas boludo?”. El que pregunta es Javier, un porteño de 24 años que viene a buscar a su amigo Sergio, alias Che, que se pone en la piel del revolucionario varias horas al día en busca de la supervivencia.
Sergio se cambia entre las sonrisas de los transeúntes. Parte de lo que atesora su gorro invertido (33 euros) sirve para pagar una cerveza compartida con su amigo de Almagro, que se vino junto con él, allá por abril de 2002. Con el resto… comprará la comida para el día siguiente, mientras mira una nube plomiza a la que le ruega en silencio que mañana no llueva sobre las ramblas, su lugar de trabajo.
Esta escena es tan solo una ínfima parte del mapa humano tejido en Barcelona, pero también en Madrid y en otras tantas ciudades españolas a las que hemos llegado la mayoría de los nuevos inmigrantes.
El es una de las caras más visibles de la ola inmigratoria -por lejos- más nutrida de nuestra historia, que comenzó allá por el 2000 y tuvo su clímax durante 2002, aunque el éxodo aún no parece haber terminado.
De los dos lados del gran charco (antes cruzábamos el “charco” para ir a Colonia o Montevideo, ahora hacia España o Italia) hay familias divididas y esperanzas unidas. Hay parejas partidas, hay espera, hay historias mínimas que podrían parecer inverosímiles a quien escribe si no fuese por el hecho de que él mismo está envuelto en una de ellas.
¿Porqué se van? Para “probar”, por impotencia, para hacer experiencia, una nueva vida o en busca de nuevos Aires. ¿Para encontrarse, lejos de lo que es nuestra esencia? Pero… nuestra esencia no salió de ese pedazo de tierra que vió zarpar a aquel italiano en 1492 con quien nos machacaron en el colegio? Está claro que descendemos de ellos, de los barcos. Sí, de los barcos cargados de gallegos y tanos que se deslomaron allá en un lugar que ni habían visto en los mapas antes de viajar. Y sin internet, aviones o… pasaporte.
Es cierto, ellos fueron a Argentina con oficios o sólo con ganas de trabajar, ¿sólo con ganas dije? Pero si con ganas se puede todo, hasta se puede construir un país como el nuestro, que sorprendió al mundo a principios del siglo XX por su pujanza, que vuelve a sorprender la mundo a comienzos del XXI, pero por su debàcle.
Ahora, la mayoría de los que probamos suerte tenemos entre 20 y 35 años, tenemos buenos estudios y preparación, tenemos rabia, ganas, papeles… No, papeles no tenemos.
Pero los necesitamos, porque lo que cambió es que ahora no es fácil trabajar en forma legal en la Madre Patria si no tenemos la suerte de contar con un familiar directo nacido en suelo comunitario. Embarcamos en Ezeiza con un equipaje visible, pero llevamos mucho más. Ese sobrepeso no paga sobreprecio en las aerolíneas, pero puede hacernos pedazos las ilusiones si creemos que nuestro pasaje nos lleva inexorablemente a la tierra prometida.


> Sensación dérmica (7/03)

Es verdad, no es lo mismo la sensación dérmica que la realidad. Mi sensación es que los argentinos somos un tipo de inmigrante único. No, no somos mejores que nadie, tampoco peores, pero sí tenemos características socioculturales muy particulares que tornan difícil encasillarnos. ¿Eso es una ventaja? Sí, en el sentido de que somos recibidos y tratados sin ningún tipo de discriminación, incluso se nos reconoce la cultura y la educación que nos parió, que hizo posible a este ser polivalente que tiene una encrucijada existencial impregnada en las entrañas desde que nace: nos dijeron durante generaciones que éramos Europa en Sudamérica. Y nosotros -crédulos para los elogios- nos alejamos de todo lo que nos rodea en el mapa del fin del sur de América, dedicándonos a lustrar nuestros bronces. Y nos dormimos en los laureles de la generación de Borges, Cortázar, Perón, Evita, Houssay, Fangio... Pero hoy ellos ya no están y está claro que no fuimos capaces de (re)producir esa estirpe de gente que hizo resonar el nombre del país en los verdaderos epicentros del mundo. ¿Ellos fueron demasiado grandes? ¿Sus hijos (nuestros padres) demasiado endebles para proseguir dando forma al Sueño SudAmericano? Un destino enorme que les quedó demasiado holgado a las nuevas generaciones y que no supimos asumir desde el origen de la tragedia.
Ahora algunos somos Latinoamérica en Europa, pero no nos gusta que nos llamen “sudamericanos”, preferimos que nuestra casilla sea exclusiva: “argentinos”. Y nuestra ventaja-orgullo histórico se puede transformar en un escollo. Venimos a España a hacer lo mismo que los españoles, no lo que los españoles no quieren hacer y para lo cual necesitan la mano de obra extranjera. Entonces nos encontramos ante un vacío legal para que jóvenes médicos, abogados, ingenieros, periodistas, músicos, actores, arquitectos y tantos otros ejerzamos nuestras profesiones en la Unión Europea. E intentamos construir nuestro edificio personal en terrenos ajenos, con planos bien diseñados, con ideas muy válidas, con proyectos de futuro enfrentados con las leyes que no contemplan que emigren profesionales bien formados y con mucha materia gris para dar color a sus aspiraciones.
Se da la curiosa paradoja de que España no nos abre demasiado las puertas, sin embargo los españoles, su gente, sí nos abren sus brazos y manifiestan su sensibilidad y su aprecio por el lugar del mundo del que venimos. Un lugar que les es común aunque esté allá, debajo de todo, pero comunicado por puentes culturales e históricos con pilotes que parecen no haber sido afectados por el modelo de “porteño prepotente” que exportamos durante décadas y que monopolizó la imagen de lo que era ser argentino fuera de Argentina.
Toda esa autoprovocada mala prensa no logró impedir que hoy nos traten realmente como a sus iguales, que nos den una mano más allá de no tener los papeles necesarios para trabajar, alquilar un departamento o manejar un coche. Mi sensación, epidérmica, es que este pueblo nos recibe con una solidaridad que más de una vez me sorprendió, más de una vez hizo que mis lágrimas rodaran mejilla abajo.


> ¿Cromosomos? (8/03)

El lenguaje es un instrumento maravilloso, una herramienta que se muestra como un interesantísimo medio de acceso a la comprensión de cómo somos, de cómo somos los argentinos. El pez por la boca muere, el argentino por la boca vive y hace literatura tratando de hacerse entender.
Mis primeras charlas con españoles me asustaban. Resultaban fríos, poco interesados, serios, distantes, parecían distintos. Lo eran.
Al trabar una relación que llegue algo más allá del mero café de presentación, nos percatamos de que esa coraza es superficial, que bajo esa apariencia de frialdad hay interés, que bajo la seriedad hay buenas intenciones, que bajo las apariencias hay poco engaño. Y eso es mucho decir, sobre todo para nosotros, acostumbrados a una dosis de engaño verbal constante, rémora discursiva del rioplatense.
Esa es la diferencia más marcada en las palabras de los “gallegos”, gente que habla poco en comparación con nosotros, pero porque dice sólo lo necesario, lo que piensa -literalmente- y eso a nosotros, verborrágicos por naturaleza, nos choca. En más de una ocasión tuve la sensación de que mi interlocutor se había ofendido, me había malinterpretado o yo mismo le daba una mala impresión. Tiempo después entendí que ese es el modo que tienen ellos de relacionarse con los demás, sin abrumar con palabras, escuchando, sopesando lo que se dice, sin abusar del verbo.
A los pocos meses de estar en España, esa sensación deja lugar a la certeza. No les caemos mal, sino todo lo contrario, solo que ellos exteriorizan de otra manera lo que piensan, sienten y aman. Encarnan otra idiosincrasia.
Y en ese punto del itinerario mental en gestación, deportamos la idea inicial y empezamos a hacer una comparación obligada, a medirnos con la misma vara y darnos cuenta de los dobles y triples discursos que armamos los argentinos para (no) decir algo, de las intrincadas redes que tejemos para mentir sin mentir, para decir lo que necesitamos decir pensando lo que no nos conviene que escuchen...
En ese punto de inflexión, la aparente tosquedad del español se torna algo interesante, práctico y hasta inteligente por su utilidad comunicativa, por su claridad semántica, por su transparencia y simpleza.
A la hora de decir las cosas por su nombre, los españoles toman atajos y nosotros... tomamos café, pertrechándonos tras rodeos linguísticos que les resultan inconcebibles y hasta perjudiciales, ya que buscamos la forma de no decir lo que queremos decir, de no herir con palabras. Pero herimos con omisiones o tergiversaciones.
Aquella tórrida tarde llevábamos casi dos horas de charla. Manolo habló media hora, yo el resto. A pesar de que me apropié de todos los silencios que se interpusieron en nuestro diálogo no logré decirle lo que quería del modo que pretendía. Él se limitaba a mirarme, seguro de que su “No, y se ha acabao” del comienzo me había quedado clarísimo (aunque a mí me haya sonado “duro”). Mi mente se debatía buscando artilugios comunicativos para no decirle eso mismo, lo que yo también opinaba, al tiempo que le envidiaba esa manera de hacerse entender, de usar las palabras no como máscara, sino como espejo.


> ADNuestro (9/03)

La noche comienza a ganarle la batalla a los colores del paisaje, los verdes del bosque se van oscureciendo mientras los matices se fusionan a pesar de mis ojos.
Acodado en un sábado a la tarde de un verano de calor, comparto una mesa con un amigo argentino. Levantando la vista puedo sacar una foto mental que sólo soy capaz de describir de un modo: mal. Baste decir que estoy en la parte alta de la ciudad, en el Parque Güell (diseñado por el genial arquitecto catalán Antoni Gaudí), que ofrece una imperdible vista panorámica de Barcelona desde el superpullman de las montañas que rodean a la ciudad mirando hacia el profundo azul del Mediterráneo.
Desfilan cientos de turistas de todos los rincones del mundo, también de ese rincón. Y a ellos les llama la atención un objeto de culto, imán de sus miradas y sobre todo de sus deseos.
Gracias a mi amigo hoy conocí a un grupo de argentinos, uno de ellos de El Palomar, otros dos de Hurlingham. No pudieron ante su atracción magnética y me preguntaron si no los convidaba... Ninguno soportó la abstinencia ante el verde objeto del deseo. Charlamos una hora o tal vez más, nos saludaron y se fueron satisfechos.
Media hora más tarde toda una familia argentina -abuelos, padres y nietos, todos de Caballito- me delataron gracias a (culpa de) mi amigo.
Volvió a producir un encuentro, sin hablar, sólo con su presencia y mis palabras. Somos inseparables y él es insuperable a la hora de hacerme conocer gente.
A esa altura de la tarde la sequía de mi termo era Atacama y la yerba había envejecido sin riego, no obstante el corazón vegetal de mi cacharrito de metal seguía latiendo y emitiendo radiación rioplatense.
Luego de las visitas que me (a)trajo mi compañero y una charla que me dejó buen saldo espiritual, volvimos a quedarnos solos. A las nueve de la noche, ya a media luz, levanté por última vez la vista, pero para mirarlo a él. Me dí cuenta que estaba esperando algo de mí, no había agua y no podía darme más de sí. Creo que lo miré con algo que se pareció demasiado al cariño.
Incliné el termo y esperé un largo instante en el que me pareció que los segundos goteaban mucho más rápido que el agua, pero sin embargo logré un agónico mate final, un mate que no esperaba, un jaque mate.
Já, ¡que mate! Sus labios dorados me invitaron como si mi deseo necesitara estímulos. Cerré los ojos, me acerqué y la besé, al tiempo que mi mano abrazaba su cuerpo y mi mente ensayaba un “gracias”, aunque creo que fue el corazón el que intervino.
Pasaron minutos. Incontables, poquísimos. El idilio se rompió culpa de una paloma, que aterrizó sobre el aeropuerto internacional de mis pies descalzos. Tenía que irme, la noche había ganado definitivamente la batalla, por algunas horas.
Me acerqué al cesto de la basura, pero no pude. No pude tirarla. ¿Yerba? Eso era más, mucho más que hojas trituradas y mojadas. Eran un símbolo, un ritual, el sinónimo más exacto del verbo compartir, una manera Argentina de saborear los latidos de la realidad, testigo de nuestras confesiones y consejero de nuestras confusiones. Casi un ser querido, una manera inexpresablemente hermosa de meter a un país tan grande en un recipiente tan chico. ¿Dulce o amargo? Dulce y amargo, como la vida misma.


> ¿Quo e-Vadis? (10/03)

-Disculpa un minuto, ya estoy contigo. Es que mañana debo entregar los formularios de mi “declaración de la renta” y llevo retraso, ¿sabes?
-¿Qué es eso de la renta?
-Es una declaración jurada de los ingresos anuales que tengo por mi trabajo, en base a eso pago más o menos impuestos. Todos los meses pago un monto, si al final del año aporto más de lo que me corresponde de acuerdo a mi sueldo, el Estado me lo devuelve.
-Ja ja, eso para mí es ciencia ficción. Allá el Estado no te devuelve ni el saludo.
-Sí, he escuchado que el estado del Estado argentino deja bastante que desear… De todos modos, no entiendo como pretenden salir adelante si no aportan al fisco…
-Es que la mayoría de nosotros no cree en el Estado, lo consideramos sinónimo de ineficiencia y burocracia infinita.
-¿Pero como se puede ser “país” si no se cree en el propio Estado, su esencia?
-Es que una de nuestras desventajas respecto a los países que funcionan es considerar que “público” es algo “de nadie” y ver al Estado como un enemigo que nos quita sin nada a cambio; a contramano del verdadero concepto de “lo estatal”. Ustedes ven a lo público como “de todos”, es decir como lo que realmente es.
-¿O sea que ustedes pasaron del Estado benefactor y paternalista de los años cuarenta a una falta total de credibilidad en las instituciones? ¡Están jodidos, tío!
-Así de claro. Esa manera de pensar, transformada en hechos cotidianos, hace que concibamos a todo lo público (espacios, tareas, fondos, servicios) como “sin dueño”, tirando basura en todas partes, pintando paredes, cruzando semáforos en rojo, evadiendo impuestos… ¡y nos quejamos de que todo funciona mal! Te aseguro que los envidio mucho a los españoles, porque nuestro maltrato hacia lo que es “de todos” al fin y al cabo no es más que maltratarnos a nosotros mismos, una variante bien nuestra de masoquismo.
-Mira, aquí en España hasta los años 70´s ni Dios pagaba los impuestos. Sin embargo, en menos de veinte años todos empezamos a hacerlo y las cosas mejoraron a ojos vistas. ¡Y no nos sobraba un “duro”, igual que a ustedes ahora!
-Sí, pero… ¿como lográs transformar ese “círculo vicioso” que sufrimos nosotros en el “círculo virtuoso” del que ahora disfrutan ustedes? ¿Dónde está el punto de inflexión? Allá la gente siente que pone su plata en un barril sin fondo, que se burlan de ella, que no es un “ida y vuelta” entre el gobierno y los ciudadanos, ¿qué motivo tienen para hacerlo?
-¿Motivo? Dejar de esperar que el cambio siempre germine en el campo de la política, ustedes mismos dicen que no creen en sus representantes, pero imagino que sí creen en ustedes mismos… La salida está en cada uno, en ese nivel de lo “micro” habría que plantearse las cosas justamente al revés y cambiar el “para qué voy a pagar si los demás no lo hacen” por un “ya que los demás no pagan, al menos voy a empezar a hacerlo yo”.
-Tenés razón, hay que poner el grano de arena para un cambio de conciencia.
-Eeeexacto… creo que tienen que dejar de ser tan “piolas”, se han pasado de la raya y ahora el boomerang se volvió contra ustedes.
-Sí, nos vendría muy bien alguna vacuna contra la soberbia, al fin y al cabo… ¿no somos los argentinos de hoy los “gallegos brutos” de ayer?
-¡Joder! Un porteño con autocrítica, enhorabuena. Habría que embalsamarte para que mis amigos me crean que existes.


> Condenominacióndeorigen (11/03)

La denominación de origen es algo que da valor no sólo a los vinos, sino a todas las cosas que la tienen, incluidas las personas que acreditan una especie de “pedigrí geográfico”.
Sucede también lo contrario, que ese pedigrí -o su ausencia- puede jugarnos en contra, por eso las banderas, las razas, las religiones, todo eso que a priori une pero creo que en realidad separa a la humanidad. En España he tenido oportunidad de mezclarme con gente de varias latitudes, en lugares que dejaban mucho que desear y en otros en que deseábamos mucho quedarnos. Y la sensación fue siempre la misma: los nacidos allá al sur del sur somos vistos “con denominación de origen”, con buenos ojos, como los hermanos que se fueron al otro lado del océano a probar un destino diferente.
De esto podríamos sacar dos conclusiones: que nosotros nos merecemos ese trato preferencial respecto a gente de otros países, y no creo que deba ser así. La otra, que los españoles sean un pueblo diferente a todos los demás, que acepta con alegría una literal “invasión” de extranjeros sin precedentes en su historia en tan sólo una década. Tampoco creo en esa postura.
He visto a mucha gente “condeno mi nación de origen”, personas del Magreb africano, subsaharianos, de Europa del este, árabes, etc. Lamentablemente, para muchos de ellos su cara es su peor pasaporte, por eso no hay que confundir la categoría preferencial que ocupamos los argentinos (junto a uruguayos, chilenos y venezolanos) con respecto al resto de la comunidad extranjera que se ha formado en España en los últimos años.
Evaluando estos procesos, creo que la mayoría de los argentinos nos vemos a nosotros mismos -e imaginamos que los españoles nos perciben- como chantas, sobradores y creídos; pero resulta que ellos ven a esta nueva camada que les inundó el país como jóvenes profesionales con mucha capacidad y muchas ganas de progresar, gente con ideas y conocimientos que no pueden sino enriquecer a su país, capitalizarlo con uno de los bienes simbólicos más preciados de este mundo globalizado, una materia prima invaluable: la materia gris. Y es en ese punto en el que no debemos cometer -como generación- el error que creo que han cometido nuestros padres, que hicieron mal uso de nuestra “viveza criolla”, transformándola en “vileza criolla”, a fines de los años setenta. Esta “Generación X” tal vez logre limpiar la mala imagen que quedó como rótulo de la primera oleada de argentinos que anduvo por estas tierras hermanas, en la segunda mitad de la década del setenta.
En muchos espíritus se dan dos fenómenos, dos capas superpuestas de percepción de la realidad: la primera es una pátina de “condeno mi nación de origen” antes de irnos de Argentina; la segunda capa, que percibimos luego de varios meses afuera, es la que nos hace sentir “con denominación de origen”, cuando notamos el buen recibimiento que nos ha deparado la antigua madre patria, parte de las raíces de todo esto que somos, de todo esto que heredamos. En buena parte, ellos hicieron posible que seamos lo que somos, ahora somos nosotros los que tenemos la gran oportunidad de demostrarles y demostrarnos que sabemos apreciar las calidad de las híbridas cepas que crearon este varietal que nos forma. Y se exporta sin containers pero con denominación de origen a Europa.
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